Travesía-cetáceos 2026

Llevaba mucho tiempo pensando en recuperar las expediciones de avistamiento de cetáceos que había vivido de pequeño a bordo del Rafael Verdera con mi hermana y mis padres.

Esta travesía suponía bastante más que organizar unos días de navegación. Era volver a hacer algo que había formado parte de mi infancia, pero esta vez bajo mi responsabilidad. El barco, la tripulación, la nueva organización de la bodega, los pasajeros, la ruta… Había muchas piezas que tenían que encajar y, siendo sincero, probablemente la más difícil de gestionar eran mis propias expectativas. Tengo recuerdos increíbles de aquellas expediciones con mi familia y existía ese miedo de volver años después y descubrir que aquello que recordaba era imposible de repetir.

El mar pone a prueba al Verdera

Además, el Mediterráneo decidió ponérnoslo difícil desde el principio. Zarpamos de Palamós con una predicción meteorológica que no auguraba nada bueno: llebeig de fuerza 3-4 y algo de marejada. Durante los primeros días, las condiciones no facilitaban precisamente la búsqueda de cetáceos y tuvimos que ir adaptando la navegación continuamente. Y ahí fue donde el grupo que llevábamos a bordo marcó completamente la diferencia. Su actitud durante toda la travesía fue increíble. Paciencia, buen humor y ganas de disfrutar independientemente de lo que hiciera la mar. Mientras fuera había marejada, dentro seguíamos compartiendo comidas, conversaciones y momentos como aquella espectacular albacora que habíamos pescado el día anterior. Las condiciones para avistar no eran favorables y tuvimos que poner rumbo a Francia en busca de refugio. Se esperaba una tramuntana fuerte que iba a hacer prácticamente imposible permanecer en el golfo.
«Así funciona el mar y así funcionan los animales en libertad: puedes preparar una expedición durante meses, estudiar rutas y dedicar horas a buscar, pero nunca puedes decidir qué va a aparecer delante de la proa ni cómo va a comportarse la meteorología. Y precisamente ahí está buena parte de la magia.»

La magia del Mediterráneo Occidental

Porque mientras esperábamos encontrar una cosa, el Mediterráneo empezó a regalarnos muchas otras. La primera recalada la hicimos en Baie de la Ciotat y, por la noche, aprovechando la ventana que dejaba el role de llebeig a tramuntana, navegamos hasta Rade d’Hyères donde permaneceríamos refugiados durante los dos días siguientes. Después de esta pausa necesaria, de descansar, recuperar fuerzas y replantear completamente la ruta, zarpamos de madrugada para aprovechar al máximo los pocos días de avistamiento que nos quedaban. Teníamos ciento cincuenta millas por delante y apenas tres días antes de tener que estar de nuevo en Palamós. A partir de ahí, el Mediterráneo empezó a enseñarnos su otra cara.
Delfín Listado

Tuvimos delfines listados durante largos minutos en nuestra proa, vimos peces luna, mantarrayas, varias tortugas marinas nadando muy cerca del barco e incluso avistamos, a escasos metros de la proa, un tiburón que creemos que podría tratarse de una tintorera.

Durante una de las guardias de nuestros vigías en la cofa, de repente se escuchó: “¡Soplido a estribor!”

Ya os podéis imaginar la emoción. En cuestión de segundos estábamos todos mirando hacia allí, algunos trepando por la jarcia para intentar ganar altura y descubrir qué era. Algunos llegaron a ver algún soplido más; otros ni siquiera alcanzaron a ver el primero.

Poco después, una gran cola emergió del agua antes de desaparecer en lo profundo. No conseguimos volver a avistar al cetáceo ni identificarlo con certeza, aunque por su comportamiento todo apunta a que podría haberse tratado de un cachalote. A diferencia de los grandes rorcuales, el cachalote suele levantar claramente la aleta caudal antes de realizar una inmersión profunda.

Y aunque el rorcual común, que era uno de nuestros grandes objetivos, no quiso regalarnos ese encuentro cercano que esperábamos, la expedición terminó dándonos mucho más de lo que podíamos haber previsto.

Al final, aquella travesía que había empezado con mal tiempo y muchas dudas terminó convirtiéndose exactamente en lo que esperaba recuperar cuando decidí volver a organizar estas expediciones.

No porque todo saliera como estaba previsto.

Precisamente porque no fue así.

Hubo que adaptarse, buscar, esperar, cambiar planes y aceptar lo que el Mediterráneo quisiera enseñarnos cada día. Y creo que eso resume bastante bien lo que significa una expedición de verdad.

Y, sobre todo, habíamos conseguido hacerlo a nuestra manera.

Agradecer a la tripulación, que estuvo impecable durante toda la travesía, y a cada una de las personas que decidió confiar en nosotros y embarcarse en esta primera gran aventura.

Las grandes rutas han vuelto al Rafael Verdera.

Por muchas más millas e historias juntos.